A finales del XIV se abandonó La Armedilla y en vista del peligro que corría lo realizado hasta el momento, el señor de estas tierras, Fernando de Antequera, hijo del rey Juan I de Castilla, pidió a los jerónimos que se hicieran cargo del complejo.
Llegan así, en 1402, el prior, cinco monjes y otros cinco donados para poner manos a una obra que empezó por derribar el convento de los cistercienses y levantar otro con las modernidades propias del siglo XV, entre las que se incluía el agua corriente para los monjes.
Pertenecía a la orden de los cistercienses.



